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11.6.09

Belén Mena







Hace casi siete años, durante una de mis visitas al arquitecto restaurador Diego Santander, quien ahora preside la Fundación Iglesia de la Compañía de Jesús, tuve la oportunidad de conocer a un Padre Jesuita que dedica su vida a recolectar mariposas. La experiencia fue tan potente que puedo revivirla en la memoria: del otro lado de la puerta de uno de los dormitorios del Monasterio estaba sentado este hombre inolvidable, rodeado de frascos de vidrio y alfileres, cómodamente enfrascado en la atmósfera de formol, cuya naturaleza inasible contrastaba con la precisión de sus pinchazos (metódicamente crucificaba delicadas mariposas). Penetrar la sala era como ingresar en un cementerio diminuto: cajas de madera, como nichos, se apilaban a ambos lados de los corredores que conformaban esta necrópolis en miniatura. Los restos: una miríada de mariposas meticulosamente clasificadas. El nombre del género y la especie podía leerse sobre los rótulos que acompañaban cada caja. Cientos de ellas, algunas anónimas, contenedoras de las especies por nombrar que este Padre español bautiza con paciencia inagotable. Recuerdo sus explicaciones sobre los sistemas de camuflaje de las mariposas diurnas, de aquéllas nocturnas; sobre los millares de escamas que componen sus alas y les dan color (no es pigmento sino luz reflejada); sobre sus diversas longevidades... "Deberíamos hacer diseños multicolores basados en la descripción metódica de estas maravillosas mariposas", le dije. Algunos años después me encontré con el libro Pachanga de Belén Mena, sus páginas cargadas de patrones extraídos de mariposas y polillas ecuatorianas... Fantásticos. Ahora los re-interpreta en fuentes, mesas y rodapies. "Muy literal", comentaría acaso uno que otro arquitecto, entrenado en las artes de la traducción visual y la abstracción. "Están muy bien así", pienso yo. Alas de mariposa que puedan hacernos soñar. Las comparto.

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